El arquitecto Juan O’Gorman leyó bien el contexto histórico y radicalizó los planteamientos de Le Corbusier, ajustándose a necesidades de la época y construyendo con materiales locales. Entre 1931 y 1932 se proyectó y construyó la casa que funcionaría para estudio de Diego Rivera y Frida Kahlo. O’Gorman diseñó la casa tomando en cuenta las necesidades del artista-obrero.

Vía arquine.com

El estudio de doble altura fue concebido para exponer obra, fabricar material de pintura, albergar la colección de arte popular de Rivera y, claro, pintar todo el día. Un espacio poblado por lo más básico pero trascendental para ellos: pinceles, telas, piezas de arte e, incluso, una cama, en caso de requerir un corto descanso. No se pensó en el ocio. El puente entre las casas, símbolo que se antoja romántico, tenía sólo como función pasar rápido entre las construcciones.

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Siempre pensé que el funcionalismo de O’Gorman evitaba el ornamento y los excesos constructivos para dejarle libertad al habitante de construir su propia vida sin ataduras. No fue así, Mayra (¿Maira?), la guía del museo de San Ángel, me sacó del error en la última visita: la intención del arquitecto era economizar en detalles para ahorrar dinero y construir casas dignas para los años próximos a la Revolución Mexicana.

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Pero siempre hay una historia doméstica, la vida en interiores. De estos bloques construidos por el “ingeniero de edificios” salieron expresiones artísticas y políticas que querían cambiar la vida de las personas y reconocer la importancia de nuestra historia. Tal vez no todas las historias sean tan extraordinarias como la de las personas que vivieron ahí, pero en tiempos sin héroes, este espacio me hace pensar que en Ciudad de México hay tantas historias que suceden en interiores que se desbordan y terminamos por escucharlas en la voz de la gente o sus muros.

Una ciudad imperfecta (disfuncional, si se prefiere), pero que no deja de escuchar y contar historias. Lo que se escucha no es ruido, es vida.

No eran tiempos para hablar de amor y sin embargo dentro de esos cubos funcionalistas existió aunque sea por un tiempo el accidente amoroso. «Nadie es más que un funcionamiento, o parte de una función total», escribió Kahlo en una entrada de su diario, para continuar «nadie sabrá jamás cómo quiero a Diego». En la misma entrada lo describe como:

 

Diego-principio

Diego-constructor

Diego-mi niño

Diego-pintor

Diego-mi amante

Diego-mi esposo

Diego-mi amigo

Diego-mi madre

Diego-mi padre

Diego-mi hijo

Diego-yo

Diego-universo

 

Después, casi como un lamento, acepta: «nunca será mío, es de él mismo».

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